—¿Acaso no se acuerdan ustedes de una criada que tuvo doña Robustiana del Peral?

—¡Aquella relamida!

—¡Aquella desvergonzada!

—Poco á poco, señoras...

—¡Aquella bribona!...

—¡Aquella perdida!...

—¡Cuidado con lo que se dice!—interrumpió Manolo, como si amenazase.

—Concluya usted.

—Juana no es desvergonzada, ni bribona, y mucho ménos perdida.