—Ya lo ves, mamá.

—Sí,—dijo irónicamente doña Cecilia;—y luego habrá ido á darle la contestacion.

—Lo que me tiene con cuidado,—añadió Manolo,—es que don Eduardo, segun me ha dicho una vecina ha pasado toda la noche al lado de Juana, y todavía no se ha separado de ella. Fué á buscarla á las doce.

—No necesito más,—gritó fuera de sí doña Cecilia.—Ahora veremos cómo se defiende; ahora veremos si se atreve á llamarnos cursis... Vamos, Adela, vamos, si es que no ha de faltarte el valor.

Coger á Eduardo in fraganti delito, era para doña Cecilia una complacencia sin igual.

Con su encaso entendimiento, no comprendió que hacia un gran mal á su hija y que en beneficio de esta debió buscar razones para justificar la conducta del infiel esposo.

Adela, temblando convulsivamente, púsose en pié.

A toda costa queria salir de dudas, tener la prueba de lo que debia esperar de su esposo.

La infeliz, como todas las que se encuentran en su situacion, no comprendia que por mucho que atormenten las dudas, atormenta doblemente la realidad.