No hay nada tan amargo como los desengaños, y tras un desengaño corria la jóven.

Manolo, por el contrario, se empeñaba en hacerse ilusiones y en creer que Juana lo amaba y era la mujer más honrada del mundo.

¿Podria justificarse Eduardo?

Cuando se separó de su esposa y de su suegra, se fué en busca de Juana, y en la vivienda de esta pasó toda la noche, refiriéndole cuanto habia sucedido y poniéndose con ella de acuerdo para estar prevenidos por lo que pudiera suceder.

—Así me gusta,—dijo Manolo, disponiéndose á salir con las dos mujeres.—Don Eduardo se avergonzará, y con cuatro cosas que le digan ustedes, dejará tranquila á Juana, y yo tambien viviré tranquilo.

No hablaron entonces más.

Veinte minutos despues subian hasta el cuarto piso de una casa de la calle del Salitre.

Adela apenas podia sostenerse.

Doña Cecilia dió algunos golpes en una puerta indicada por Manolo.

—¿Quién es?—se oyó preguntar.