—Abra usted,—respondió la madre.

Y la puerta se abrió, apareciendo Juana.

Dejó esta escapar una exclamacion de sorpresa, y luego dijo:

—¡Ustedes por aquí!

—De seguro no nos esperaria usted, ¿no es verdad? Pues aquí estamos para hacerle á usted saber quiénes somos, y para anonadar al hombre que olvida sus deberes y hasta su decencia, dejando su casa para buscar refugio en este nido de gente perdida.

—¡Jesús!—exclamó Juana con esa entonacion especial de la gente de su clase.—Pues no vienen ustedes poco fuertes.

—Como podemos, ¿lo entiende usted?—replicó doña Cecilia.

Se entreabrieron algunas de las puertas que habia en el pasillo, dejándose ver los rostros de vecinas curiosas, que al oir las voces se asomaban para averiguar lo que sucedia.

Juana, que no se asustaba fácilmente, desplegó una sonrisa burlona, y dijo: