—Supongo que vienen ustedes á buscar á su hombre... Pues aquí está; no se ha perdido, ni le falta ningun pedazo, y por consiguiente pueden ustedes tranquilizarse.

—Desvergonzada.

—Mucho cuidado con lo que se dice, que aunque yo soy una pobre y no gasto seda, ni me pongo nada postizo, tengo muchísima alma para ponerle las peras á cuarto al mismísimo rey en persona, ¿está usted?

—Mamá, vámonos de aquí.

—No se asuste usted, señorita; que yo no me como los niños crudos, y ya que ha venido usted á buscar á su marido, debe usted cogerlo de una oreja y llevárselo, porque á mí no me sirve más que para estorbo; porque ha de saber usted que si yo quisiera más hombres que mi Manolo, los tendria, porque puedo y porque sí. Y no hay que tentarme mucho la ropa, pues si la sangre se me calienta... En fin, más vale callar.

—Sí,—replicó doña Cecilia;—mejor es que calle usted, pues si se olvida de que habla con unas señoras...

—¡Vaya un señorío!... Ustedes sí que se han olvidado de la fragua donde hicieron el dinero con que se dan tanto tono, y ahora...

—Que le arrancaré la lengua.

—¡A mí!... ¡Pues no faltaba más sino que yo dejara que me pusiesen las manos encima unas silbantonas cursis como ustedes!