Montó en cólera doña Cecilia, y como Manolo, en un rincon del pasillo, permanecia inmóvil y silencioso, Dios sabe lo que hubiera sucedido á no adoptar Eduardo la determinacion de presentarse.

Las vecinas salieron para divertirse con aquel espectáculo.

Adela se ponia alternativamente pálida y colorada.

Eduardo, grave y severamente, dijo á su esposa y á su suegra:

—A esto se exponen ustedes, y ahora pueden blasonar de señoras. Si estoy aquí, es porque en alguna parte habia de pasar la noche. Y aquí estaré el tiempo que necesite para buscar casa, puesto que ya les dije...

—¡Eduardo!—exclamó Adela con angustioso tono, cogiendo las manos del truhan.

—Aparta... Me habeis puesto en ridículo, y para un hombre de mi clase el ridículo es peor que la muerte. ¿Quién habia de creerlo de tí? Siempre tan delicada, tan sublime...

—No es mia la culpa; pero mamá...

—Eso es,—gritó fuera de sí doña Cecilia,—ahora yo tendré la culpa de todo, y vosotros hareis las paces y me mirareis como se mira á un enemigo... Bien, muy bien... He querido defenderte, hija mia, y el pago que me das...