—Ven, Eduardo mio, ven...

—No.

—Yo te juro no hacer caso de mamá.

—¿Qué estás diciendo, hija desnaturalizada?

—Reconozco,—añadió Adela,—que he cometido una falta y que he sido demasiado exigente; pero no volverá á suceder, te lo prometo, lo juro por nuestro amor.

Eduardo fingió que empezaba á sentirse conmovido.

Algunas lágrimas de Adela pusieron término á las aparentes vacilaciones del tahur.

—Por una sola vez, te perdono,—dijo.

Las explicaciones que habia dado le parecieron muy satisfactorias á la jóven.

Esta, su esposo y doña Cecilia salieron de la casa, con gran sentimiento de las vecinas, á quienes pareció poco animada la escena que acababa de tener lugar.