—Hoy mismo iré.
Paquita suspiró y guardó silencio.
¡Cuánto hubiera dado por poder borrar de su memoria aquellos dias deliciosos que pasó en la casa de campo!
La esposa de don Pascual fué á ver á la viuda.
—¿Y Paquita,—preguntó doña Robustiana,—está enferma?
—No, aunque le sobran motivos para estarlo.
—Supongo que alude usted...
—Sí, á ese perjuro que ha hecho creer á mi hija que la adora y le vuelve repentinamente la espalda.
—Les hice á ustedes la advertencia...