—Ya era tarde, porque mi pobre hija se habia enamorado.
—¿Y no escribe?
—Ni se sabe dónde está.
—Pues ya es cosa de que den ustedes por terminadas esas relaciones.
—Por terminadas las da Paquita, y jura que no perdonará al que la ha engañado, aunque ahora volviese arrepentido; pero como al mismo tiempo sufre mucho y yo soy su madre, quiero hacer todo lo posible para evitar que mi pobre hija pierda la salud. Se pasa las noches enteras sin dormir, apenas come, llora sin cesar y no sabe hablar sino de la muerte. Le aseguro á usted, doña Robustiana, que estoy pasando lo que no ha pasado ninguna criatura, y á todo esto, tengo tambien el tormento de mi marido, que no hace más que decir que la culpa es mia, porque consentí esos amores, y para que nada falte á mi desesperacion, se ha empeñado en hacer renuncia del empleo, diciendo que no quiere deber nada al que ha engañado á su hija.
—Nada de eso me sorprende, porque don Pascual es muy severo, muy delicado, y no transige con cierta clase de cosas.
—Y en este apuro y no sabiendo qué hacer, acudo á usted sin que Paquita lo sepa.
—Si á costa de cualquier sacrificio me es posible remediar su desgracia, ya pueden ustedes considerarse dichosas.
—Hasta hoy me he concretado á ver, oir y callar; pero ya estoy decidida á tomar parte en este asunto, y quiero escribir á ese hombre por si consigo más que mi hija.
—Pero si no saben ustedes dónde se encuentra...