Habia adivinado la verdad, porque no era difícil adivinarla.

Aquella misma noche fué Juanito algo más temprano que de costumbre, y así pudo la viuda desempeñar con más libertad su comision.

—Amigo mio,—dijo doña Robustiana,—preciso es que me dé usted otra prueba de franqueza y de generosidad.

—Dispuesto estoy.

—Acuérdese usted que tengo ya su palabra.

—Y la cumpliré.

—Quiero saber cómo puede dirigirse una carta á don Alfredo de Saavedra.

Palideció Juanito y quedó, silencioso por algunos minutos.

Le era muy fácil mentir sin que la mentira se descubriese; pero no quiso hacerlo, aunque ignoramos si al decidirse á decir la verdad lo hacia para cumplir su palabra ó con dañada intencion.