—Señora,—contestó al fin,—aunque nadie me obliga, seré franco.
—No espero otra cosa de usted,—dijo doña Robustiana.
—Don Alfredo de Saavedra está en Lóndres.
—¿Pero cómo debe dirigírsele una carta?
Por toda contestacion sacó Juanito su cartera, y con el lápiz escribió algunas líneas.
Luego arrancó la hoja, se la presentó á la viuda, y le dijo:
—Esas son las señas exactas, y si se le escribe y no contesta, la culpa no es mia.
—Gracias.
—He cumplido mi deber.
—Su generosidad tendrá algun dia la recompensa que merece.