Juanito desplegó una sonrisa amarga.
—Me parece,—añadió la viuda,—que la hija de don Pascual ódia ya á don Alfredo de Saavedra.
—¿Y por qué se afana tanto por él?
—Esto es ya una cuestion de amor propio.
—Cuestion que le costará muchos disgustos.
—Así lo creo; pero cuanto más duro sea el desengaño, más probabilidades hay de que usted, sea correspondido.
—El tiempo lo dirá.
Se presentaron otros amigos, y la conversacion fué interrumpida.
A las once de la siguiente mañana volvió la esposa de don Pascual á ver á su amiga, y esta le entregó el papel donde estaban las señas.
Sin perder tiempo escribió Paquita, suplicando, amenazando, evocando recuerdos y pintando con los más vivos colores su dolor y su desesperacion.