Como un autómata que obedece á sus resortes, tomó la carta y la guardó en el bolsillo.

Salieron de la administracion.

La desdichada jóven no hubiera podido decir dónde sé encontraba.

Apenas podia sostenerse, todo lo veia confuso y vago.

Apoyándose en un brazo de su madre, pudo seguir hasta la calle de Atocha; pero allí se detuvo, diciendo:

—No puedo más.

—¿Te has puesto mala?

—No; pero... entremos en un coche.

Lo que sufria podia verse en su rostro, cadavéricamente pálido y desfigurado.

No pudo entonces derramar una sola lágrima.