—Papá era caprichoso,—dijo entonces la jóven mofletuda.

—Sí, mucho debia serlo.

—Pero era un hombre muy honrado,—replicó doña Cecilia.

—¿Y quién ha puesto en duda su honradez?—dijo la escuálida madre de Paquita con su natural acritud.

Doña Robustiana creyó conveniente tomar parte en la conversacion, y dirigiéndose á la sensible Adela, le dijo:

—Creo que esta noche no se olvidará de nosotras Eduardo.

Púsose Adela colorada como un tomate, y exhaló un lánguido suspiro.

Paquita desplegó una sonrisa burlona.

Por tercera vez sonó la campanilla.

Pocos momentos despues se presentó un hombre sencillamente vestido, y cuya raida levita revelaba una situacion demasiado triste.