Era alto, muy delgado, moreno y de mirada viva y penetrante; pero al entrar dió á su rostro una expresion melancólica muy profunda.

Era el que poco antes habia sido nombrado por doña Robustiana.

No se le conocian á Eduardo bienes de fortuna, ni habia seguido ninguna carrera ni aprendido ningun oficio.

Aseguraba él que vivia con el escaso producto de algunos bienes que habia heredado de sus padres, y se resignaba con su pobreza, aunque esta debia tener un término, pues un tio suyo, ricachon avaro que vegetaba en las montañas de Galicia, tenia otorgado testamento legando toda su fortuna á su sobrino.

Si esto era verdad, Dios lo sabia.

Eduardo habia leido mucho, decia que era un hombre de corazon, miraba con desprecio los bienes mundanos, no habia tenido más amor que el de las musas, y sabia suspirar tan lánguidamente como Adela.

A esta le habia dedicado algunos versos, donde se hablaba del espíritu, del corazon, de las regiones etéreas, del aroma de las flores, de los resplandores de la luna, de los pensiles, de las suaves auras de la noche y de la eternidad.

Eduardo era, pues, un hombre sublime, espíritu puro, que apenas se concebia cómo podia vivir en el inmundo lodazal de pasiones y ruindades de este valle de lágrimas.

Y si no era así, por lo ménos así lo habia creido Adela.

La verdad la sabemos nosotros. Eduardo era un bribon consumado, que vivia de las farsas y que sabia representar admirablemente todos los papeles.