Comprendió que Adela era una mina de oro, y se propuso explotarla.

Si para conseguirlo era preciso casarse, se casaria, pues nada le importan los lazos y compromisos al que no tiene intencion de respetarlos.

Si lo hubiésemos visto cinco minutos antes, no lo habríamos reconocido.

Saludó cortésmente, y pareció turbarse cuando estrechó la robusta mano de Adela.

Ella se estremeció, y no hay que decir que los estremecimientos no puede disimularlos una criatura de las formas de la romántica niña que nos ocupa.

Eduardo dijo que estaba sofocado, que era insoportable la atmósfera de Madrid y que no deseaba ser rico más que para vivir largas temporadas en el campo, en la callada soledad, á la sombra de los frondosos árboles, á orillas de los murmuradores arroyos, contemplando el puro horizonte, escuchando los armoniosos cantares de los inocentes pajarillos, y amando y siendo amado, y pudiendo así olvidar al mundo egoista con todas sus pasiones y debilidades.

Suspiró Adela.

—Pues, hijo,—replicó doña Cecilia,—yo estoy acostumbrada á la animacion, y no podria vivir así.

—Hay almas que nacen para la soledad, para el misterioso silencio.