—Es verdad,—repuso tímidamente la mofletuda niña.
—Está usted muy sublime esta noche,—dijo Paquita.
—Hay criaturas que mueren sin que el mundo las haya comprendido,—murmuró tristemente Eduardo.
Y dirigió una mirada elocuente á la sensible Adela.
Esta se ruborizó y bajó los ojos.
Doña Robustiana creyó la ocasion oportuna, y le dijo al truhan.
—Eduardo, tenemos que hablar, y lo haremos en la primera ocasion.
Presentóse otro tertuliano.
Era un jóven imberbe, pálido y enteco, que apenas se atrevia á moverse por temor de que se estropease su ropa.