—¿En qué puedo complacerla á usted?
Lo primero que á Paquita le ocurrió pensar, fué que Clotilde era excesivamente hermosa.
Los celos la atormentaron horriblemente, y tambien se sintió trastornada, porque empezó á comprender que le seria imposible entrar en cierta clase de explicaciones, ni mucho ménos entablar una discusion en aquella antesala en presencia de la sirviente y cuando la actitud de Clotilde era una cortés despedida.
Sin embargo, ya no podia retroceder, y haciendo sobrehumanos esfuerzos para recobrar la calma y dominar su trastorno, dijo:
—Debo suponer que no le es á usted desconocido mi nombre.
—No.
—Pues bien; en la situacion en que me encuentro se hace preciso...
—Señorita,—interrumpió Clotilde,—le evitaré á usted la molestia de explicarse.
—Es que...
—No ignoro que tiene usted, ó ha tenido, relaciones de cierta clase con Alfredo de Saavedra; pero cualquiera que sea el estado de esas relaciones, le advertiré dos cosas: primera, que mi decoro no me permite escuchar el relato de historias ó sucesos de esa clase; y segunda, que hace ya algunos meses que devolví á Saavedra su más completa libertad, no habiendo entre él y yo más relaciones que las de una buena amistad. De todo esto puede usted deducir que no tengo interés alguno en los amores de Saavedra, y que no puedo influir en ningun sentido para que adopte tal ó cual resolucion. Si es que Saavedra le ha vuelto á usted la espalda, lo siento; pero la culpa no es mia, y sobre todo, como nada puedo hacer en favor de usted, no quiero saberlo.