Y sin más ni más fué á ver á la viuda.
Como era consiguiente, la conversacion recayó sobre la conducta de Alfredo de Saavedra, y cuando doña Robustiana dijo que nada de lo sucedido le sorprendia, exclamó la madre de Paquita:
—¡Ay!... pues no lo sabe usted todo; pero es usted nuestra mejor amiga, y ya no queremos ocultarle la verdad...
Interrumpióse, empezando á llorar.
Suspiró tristemente la viuda, y dijo:
—He adivinado lo que ustedes ocultaban, y por consiguiente no se mortifique usted en decírmelo. La desgracia es horrible; pero como ya no tiene remedio, lo que debe hacerse es ver cómo se repara. Nadie está libre de un momento de debilidad, y Paquita es digna de compasion más que de castigo.
—La pobrecita, tan inocente, tan crédula... ¡hija de mi alma!
De crédula ni de inocente habia tenido nada Paquita, y la causa de su perdicion habian sido sus necedades.
—Pues veamos,—repuso la viuda,—en qué puedo yo ayudarles á ustedes, pues aún quedan muchos recursos para evitar que la falta sea conocida.