—Paquita se ha desmejorado bastante.
—Como que apenas duerme ni come.
—Desde hoy debe quejarse á todas horas, ya de dolores de cabeza, ya de malestar, y cuando pasen algunos dias se levantará tarde, se acostará temprano, y no querrá salir, asegurando que le faltan las fuerzas.
—Muy bien.
—Entre tanto, yo hablaré á todos los amigos del triste estado de Paquita, y diré que me parece que tiene mala enfermedad y que temo que se desenvuelva una tísis, lo cual á nadie debe sorprender, porque Paquita es de pocas carnes y de organizacion débil, y ya sabe usted que los que están robustos no creen que pueden vivir los que están flacos.
—Prosiga usted.
—Irán todos los amigos á visitar á Paquita, y la encontrarán pálida y ojerosa. Ella tendrá buen cuidado de estar siempre mal vestida y despeinada, porque los enfermos no tienen ganas de adornarse.
—Tiene usted mucho talento, doña Robustiana.
—Suspirará tristemente, hablará muy poco y de vez en cuando toserá, que yo le aseguro á usted que apenas la hayan oido toser, han de darla por muerta.
—No se equivoca usted.