—No lo dudes.
—¿Y habia de estar callado?
—Sí, porque se ha propuesto no decir una palabra respecto á mis desgraciados amores.
—Ahora recuerdo que cuando le dije que era preciso que viniese un médico, me miró no sé cómo... ¡Jesús!... estoy temblando.
—Ya no me atreveré á mirar á mi padre frente á frente.
No fué menester más para que la madre perdiese instantáneamente todo su valor.
Ambas enmudecieron.
Quedaron profundamente abatidas.
Arreglaron los cajones, y esperaron á que don Pascual llegara.
Este se presentó á la hora de costumbre.