Ni la madre ni la hija se atrevieron á mirarlo frente á frente.
—¿Quieres ya comer?...—le preguntó la primera.
—Sí; pero antes me direis cuándo pensais emprender el viaje.
—Cuando sea posible, porque los pobres no hacen las cosas cuando quieren.
Con mucha calma sacó don Pascual los cien duros que habia tomado del prestamista, se los entregó á su esposa, y le dijo:
—Con ese dinero podreis atender á los primeros gastos, y yo os enviaré de la paga cada mes lo suficiente para cubrir con modestia vuestras atenciones.
—¿Y este dinero?...
—Son dos mil reales que he tomado de un prestamista, firmando un recibo de tres mil quinientos, y dejando que el juez embargue una parte de mi sueldo.
—¿No tenias otro recurso?
—Ninguno, y tú misma lo sabes, puesto que en tus manos está cuanto poseemos,—dijo don Pascual.