—¡La vida!—murmuró maquinalmente Juanito.
—Siempre luchando, siempre sufriendo, siempre corriendo tras un fantasma que se desvanece al tocarlo...
—Es verdad.
—Ilusiones que se desvanecen como el humo.
—¡Ilusiones!...
—Esperanzas que se pierden...
—¡Las esperanzas!—dijo el jóven, que parecia un eco de Paquita.
El desdichado sufria mucho en aquellos momentos.
—Y el corazon entre tanto se destroza
—¡Pobre corazon mio!