—¿Para qué me sirve?
—Se queja usted de la soledad, no encuentra usted un corazon...
—¿Hay alguno para mí?
—Tal vez; pero...
Interrumpióse Paquita, hizo un gesto doloroso, y luego añadió:
—Debo resignarme, porque mia es la culpa.
—¿Qué quiere usted decir?
—Si nadie le comprende á usted, ¿quién puede apreciar lo que pasa en mi alma?
No pudo ya Juanito contenerse, y cayendo de hinojos, cogió una de las manos de Paquita, la estrechó fuertemente y exclamó: