—Compadézcame usted...

—¡Ya es tarde!

—¡Tarde!...

—Usted no puede tener fe en mi amor, no puede usted comprender lo que los desengaños...

—Me hace usted sufrir mucho.

—Levántese usted...

—Una sola palabra, una sola...

—Que puede venir mi mamá.

—¿Y qué me importa?—replicó Juanito fuera de sí.

Y apretó más y más la mano de Paquita, y á tal punto llegó su entusiasmó que le produjo un vértigo, y sin miramiento alguno, sin darse cuenta de lo que hacia, sin respeto á la inmaculada pureza de Paquita, besó con frenesí aquella mano, que temblaba, que abrasaba...