Su salud se quebrantaba visiblemente y sus fuerzas disminuian con rapidez; pero él aseguraba que se sentia completamente bueno.

Distraíase con mucha facilidad, y trabajando en su oficina se quedaba á veces inmóvil como si se hubiese petrificado, y pasaba así una ó dos horas.

Un ruido cualquiera le hacia salir de su distraccion, estremecíase como si despertase del más profundo sueño, y continuaba su trabajo.

Muchas veces le hablaban y no respondia, porque no habia oido.

Creyeron algunos que don Pascual empezaba á perder la razon.

Lo que el infeliz perdia era la existencia en medio de una agonía lenta y horrorosa.

El golpe habia sido demasiado terrible, y no podia soportarlo.

El extravío de su hija, la deshonra; habia caido sobre don Pascual como una montaña de plomo.

Forzoso era que sucumbiese.

Por fin recibió una carta en que su esposa le decia que Paquita estaba mejor, hasta el punto de que muy pronto podrian volver á Madrid.