Poco le faltó á Juanito para volverse loco.
Sin empleo ni esperanzas de conseguir otro, temió que la familia Bonacha lo rechazase; pero aun cuando no sucediese así, ¿cómo casarse sin medios de atender á sus nuevas obligaciones?
Acudió á doña Robustiana, porque esta era, como suele decirse, el paño de lágrimas de Juanito.
—Todo se arreglará,—respondió la viuda, que era optimista por naturaleza.
—¿Cómo ha de arreglarse?
—No lo sé; pero ello es que se arreglará.
—Al señor de Almendares no puedo acudir, porque creerá que yo he dado motivos para que el conde me despida.
—Por de pronto, puede usted contar con el amor de Paquita, y luego, «como no hay bien ni mal que cien años dure...»
—El remedio llegará tarde.