—Deje usted rodar la bola, que la dicha viene cuando ménos se espera.

—Ahora que Paquita habia recobrado la salud...—exclamó Juanito.

—Usted tambien recobrará su empleo.

Algo se tranquilizó Juanito, por más que las palabras de la viuda no tuviesen ningun valor.

A las diez de aquella noche encontrábanse en la estacion del ferro-carril del Mediodía don Pascual Bonacha y Juanito.

Saludáronse, y al jóven le pareció conveniente hablar de su desgracia mientras llegaba el tren.

—Tengo,—dijo,—que darle á usted una noticia muy desagradable.

—¡Desagradable!—replicó Bonacha distraidamente.

—Sí.

—¿Qué sucede?