—Me he quedado sin empleo.
—Es una gran desgracia.
—Adivino de dónde ha partido el golpe, y me vengaré cuando se me presente la ocasion.
—¿No estaba usted empleado en casa del conde de Romeral?
—Sí.
—¿Y no tiene ese conde una hija?
—Veo que no necesita usted más explicaciones.
—No.
—Ese miserable Alfredo de Saavedra...