—Sí.
—¡Mi hija!... Imposible.
—¿Acaso?...
—No basta que usted la quiera.
—¿Pues qué más se necesita?—preguntó Juanito.
—Que ella corresponda á ese amor.
—Y corresponde, y quiere ser mi esposa, y mientras ha estado ausente nos hemos escrito todos los dias.
No se le alcanzaba al honrado don Pascual que su hija se casase con Juanito ni con ningun hombre, como no fuese Alfredo.
Dudó el anciano si soñaba, y se pasó las manos por la frente y se restregó los ojos.