—El criado no se atrevió á replicar; desapareció, y volvió muy pronto para decir:

—Pase usted.

—Entró don Pascual en un gabinete ricamente amueblado, y donde se encontraba Alfredo envuelto en una bata y recostado indolentemente en un sillon.

Habia creido que el desdichado don Pascual iba á exigirle que se casase con Paquita, pintándole la triste situacion de esta.

Resuelto estaba el jóven á mostrarse inflexible y aun á rechazar con dureza al infeliz padre; pero bien pronto se convenció de que se equivocaba.

Presentóse don Pascual con la cabeza erguida, detúvose un momento, y luego dijo:

—Caballero, no vengo á pedirle á usted nada, ni siquiera la honra que me ha robado, y se lo advierto así para que no se tome la molestia de calcular cómo saldrá mejor del apuro.

Tan sorprendido quedó Alfredo, que no acertó á replicar.

El anciano, con grave tono, prosiguió diciendo:

—Mi desgraciada hija ha guardado para mí el secreto de su falta; pero yo la he adivinado fácilmente, he guardado silencio, he observado, he hecho todo lo que puede hacer un espía, y así he conseguido conocer hasta el último detalle.