—Justo seria, ya que mis canas y mi triste situacion le dieron á usted antes la seguridad de que podia ofenderme sin recibir el castigo que merecia. De los ultrajes se queja usted, caballero, sin pensar que no hay ultraje mayor que el que usted ha hecho á mi honra.
—A pesar de todo eso, estoy en mi casa...
—Yo estaba en la mia, y allí fué usted para echar una mancha sobre mi honor; pero dejemos esto, porque lo que yo he querido, lo que deseo, es probarle á usted que la honra puede perderse si á uno se la arrebatan; pero que aun despues de perdida, es posible conservar la dignidad.
—No pongo en duda la de usted, caballero.
—No niego que mi pobre hija, tentada por el demonio de la vanidad, se habia extraviado; pero sus extravíos no eran criminales. Usted comprendió que era muy fácil explotar las debilidades de mi hija, y las explotó sin pensar que heria de muerte á un desgraciado, que no tenia otro patrimonio ni otra dicha que su honradez, y que, por conservar esta inmaculada, habia trabajado toda su vida, habia hecho todos los sacrificios imaginables, habia aceptado todas las privaciones y se habia resignado con todas las desgracias. Descargó usted el golpe terrible, y con la conciencia tranquila se ocupó usted en buscar la dicha por otros medios. Su víctima de usted pidió reparacion, recordando promesas y juramentos, porque no creia que fuese perjuro el que tanto se envanecia con su honor; pero usted creyó que á nada estaba obligado, porque se trataba de una pobre mujer que nada representaba en el mundo; la habia usted deshonrado, habia usted contraido una deuda, y queriendo pagarla como buen caballero, tasó usted la honra de toda una familia en mil duros... ¡Oh!...
Relumbraron como dos carbunclos los ojos de don Pascual, y temblando convulsivamente á impulsos de la ira, acercóse más á Saavedra, y añadió con sarcástico tono:
—Sí, pagando la deuda no tenia nadie derecho á poner en duda que es usted un hombre bien nacido, un caballero, y que abriga usted un corazon grande y noble.
Alfredo, á pesar de toda su audacia, no se atrevió á levantar la cabeza.
El anciano, con voz ahogada por el coraje, prosiguió diciendo:
—Y el miserable que hace eso con una mujer indefensa y con un viejo débil, el que así escarnece la virtud, abusa de la inocencia, explota las debilidades y se burla de todo lo que es más respetable, de todo lo que es sagrado; el miserable que mancha el honor de una familia para satisfacer un capricho, un impuro deseo; el que se atreve á tasar el valor de esa honra y el reposo, y hasta la vida de un honrado padre, se ofende luego, y se levanta airado y amenazador porque le llaman cobarde.