—¡Oh!...
—Poco viviré, porque la herida ha sido mortal; pero quiero que mi conciencia esté tranquila; quiero probar que si la cobardía de usted me ha deshonrado, no he perdido el noble sentimiento de la dignidad.
—Basta, basta;—murmuró Alfredo con voz ronca.
—Hoy mismo quedará hecha la renuncia de mi empleo.
—Pero...
—Y en cuanto al precio de la honra de mi hija, que es mi honra... ¡Oh!...
El infeliz don Pascual sacó los mil duros en billetes, y con fuerza convulsiva los arrojó al rostro de Saavedra.
Rugió este como el leon cuando se siente herido.
Volvió á ponerse en pié.