Centellas se escaparon de sus ojos.

Sus mejillas habian enrojecido como si fuese á brotar la sangre.

—Yo,—gritó don Pascual,—el infeliz que nada representa en el mundo y que nada vale, el anciano débil, he tenido bastante valor para sellar las mejillas del miserable que manchó mi honra.

—¡Salga usted, salga usted!—exclamó Alfredo, sin poder apenas contenerse.

Empero don Pascual cruzó los brazos, irguió la cabeza y dijo:

—Aquí estoy... Puede usted vengarse... Aquí estoy, porque el valor me sobra para aceptar por completo la responsabilidad de mis acciones... ¿Por qué se detiene usted?... Le he ofendido gravemente, está usted en su casa, y tiene derecho hasta para matarme... ¡Oh!... pero en estos momentos es usted el que ha de temblar, porque á mí no hay nada, absolutamente nada que pueda infundirme terror. Cuando la vida es un tormento insoportable, no es posible tener miedo. Usted espera gozar, y yo no espero más que sufrir... Una sola cosa habia que me hiciese agradable la existencia: la satisfaccion de mi propia honradez, el amor de mi pobre hija... ¡Ah!... cuando sea usted padre...

El infeliz anciano empezaba á perder las fuerzas, y tuvo que interrumpirse.

Despues de algunos momentos, y con voz que parecia llevarse tras sí el alma, exclamó:

—¡Pobre hija mia!... Yo no tenia en el mundo más que mi hija, y usted abusó de su inocencia; la colocó usted en la pendiente que ha de llevarla hasta el fondo del abismo, y ya no hay poder humano que la detenga, porque dado el primer paso dará el último, porque la desesperacion la ha trastornado... ¡Pobre hija mia!... ¡Hija de mi alma!...