Desapareció la ira de Alfredo, y empezó á sentirse conmovido.
No, no era posible mirar con indiferencia el dolor de aquel padre infeliz.
Ya que otra cosa buena no hiciese, quiso Saavedra dirigir algunas palabras dulces y cariñosas al anciano; pero este, recobrando por un momento la energía, retrocedió y dijo:
—Hemos concluido... Ahora duerme la conciencia de usted, pero algun dia despertará.
Y haciendo grandes esfuerzos para sostenerse, salió.
Largo rato pasó antes de que Alfredo pudiera desaturdirse.
—¡Oh!... Ese hombre... me ha impresionado no sé cómo... Pero nada puedo hacer... Me amenaza con mi propia conciencia... ¿Pues es mia la culpa, si su hija ha sido débil?... Me parece que doy á este asunto una importancia que no tiene. ¿Qué es esto más que una calaverada como otra cualquiera?... Digno es de consideracion y lástima el padre; pero bien sabe Dios que no he querido hacerle mal alguno, sino, por el contrario, beneficios. ¿Quién habia de creer que tuviese la energía que ha demostrado?... Y asegura que va á dejar el empleo, y como no puede dejarlo á medias, es decir, como no puede renunciar la parte que á mí me debe, se quedará sin nada, y tras la deshonra sufrirá la miseria... ¡Oh!... eso no, eso no, pues á pesar de mis calaveradas, no soy un miserable, como me ha dicho, no lo soy, pues algo noble queda en mi alma.
Llamó Alfredo á su mayordomo, y le dijo:
—Recoge esos billetes, y ahora mismo corre y entrégalos al gobernador para que los distribuya como mejor le parezca en los establecimientos de beneficencia, y ten cuidado de no pronunciar mi nombre, porque no quiero que se sepa quién hace la obra de caridad.