Mostrando tanta firmeza, compensaba la debilidad de toda su vida.
Su esposa, dejándose arrebatar por la ira, acusó y reconvino con las más duras palabras al pobre anciano.
La hija tambien puso el grito en el cielo, porque abrigaba la esperanza de casarse con Juanito, y que este viviese á costa del suegro mientras otro recurso no habia.
La situacion era en verdad bien crítica.
Cesante el padre, cesante el futuro marido, ¿qué iba á suceder?
Si al ménos uno de los dos hubiera contado con el recurso del empleo, no se habrian apurado tanto, ni la madre ni la hija.
Esta podia otra vez trabajar; pero cosiendo diez ó doce horas diarias, apenas ganaria una peseta, con cuya cantidad no habia ni para cubrir la sexta parte de las atenciones, y eso contando vivir muy modestamente, con esa modestia que se parece mucho á la miseria y que casi no es vivir.
—¿Te has propuesto,—decia furiosa la esposa de Bonacha,—te has propuesto matar de hambre á tu familia?
Don Pascual sonrió; pero no con la candidez que lo hemos visto sonreir otras veces, sino con una expresion indefinible.
—¿No has pensado que tienes la obligacion de mantener á tu familia?