—Si toda tu fortuna, tu dicha, tu porvenir, consistiese en una joya que con ciega confianza depositases en manos de un amigo íntimo, de un pariente...

—Pascual, Pascual,—interrumpió temblando la descuidada madre.

—Y si esa persona, en vez de guardar cuidadosamente el depósito...

—Basta, basta.

—Mi hija era mi única felicidad; mi honra, era mi único tesoro...

No se necesitaban más explicaciones.

La esposa de don Pascual, anonadada, cayó de rodillas, cruzó las manos y exclamó:

—¡Perdóname, perdóname!...

—Yo te he perdonado; pero es menester que tambien te perdone Dios y que te perdone tu hija.

—¡Compadéceme, esposo mio!...