—Ahora levanta la voz, pregúntame por qué he dejado ese empleo que debia á la proteccion del miserable que nos ha deshonrado; pregúntame con qué hemos de cubrir las necesidades de la vida, y por último, díme si todavía te espanta la muerte.
Un raudal de lágrimas corrió por las mejillas de la esposa de don Pascual.
La infeliz no pudo articular una sílaba.
—Si no tenemos que comer, moriremos sin exhalar una queja, que ya que hemos perdido la honra, debemos siquiera conservar la dignidad. Hace tres dias que arrojé al rostro del miserable seductor los mil duros con que habia querido pagar nuestro honor, con que habia querido cicatrizar las heridas abiertas en mi alma. Y le llamé cobarde y le hice temblar, y volví á mi casa con la conciencia tranquila.
—¡Mátame, Pascual, mátame!...
—Te matará la conciencia con tormentos los más horribles.
—¡Dios mio!
—Ahora quiero saber lo que habeis hecho con la criatura inocente que debia su existencia á vuestras debilidades.
—Esa criatura ha muerto.
—¡Que ha muerto!