—Mira.
La esposa sacó una carta, que aun no hacia dos horas que habia recibido, y en la que le participaban que la tierna criatura habia dejado de existir, á pesar de los cuidados de su honrada nodriza.
—¡Hé aquí con cuánta facilidad,—murmuró don Pascual,—resuelve la muerte las situaciones más difíciles! Dios lo ha dispuesto así; pero... ¡ah!... siento no haber podido estampar un beso en la frente pura de ese ángel, porque al fin era el hijo de mi hija; era...
No pudo proseguir, porque la voz se ahogó en su garganta.
Trascurrieron algunos minutos, durante los cuales no se percibió otro ruido que el de los sollozos de la esposa de don Pascual.
Este rompió al fin el silencio para decir:
—Nuestra hija piensa casarse con un hombre honrado, quiere engañar al que de buena fe le ofrece su ternura y deposita en ella su honor...
—Exageras, Pascual.
—¡Que exagero!...