—¡Oh!

—Dios lo ha dispuesto así.

La conversacion no podia prolongarse.

Revelando en el semblante profunda tristeza, púsose en pié el jóven, ofreció la diestra á la viuda, y le dijo:

—Señora, no habian exagerado al hablarme del noble corazon y de la clarísima inteligencia de usted.

—Caballero...

—Si se me presentase la ocasion de prestarle á usted algun servicio, me consideraria feliz.

—Nada valgo, nada puedo...

—Vale usted mucho, señora,—dijo Alfredo.

Y saludando como hubiera podido saludar á una duquesa, salió.