—Lo cortés no quita á lo valiente,—dijo la viuda cuando estuvo sola.—Este hombre ha hecho una cosa muy mala; pero hay que reconocer que es muy fino, que tiene mucho talento y... ¡qué bella figura!... ahora no me sorprende que Paquita perdiese la cabeza por él, porque, la verdad, si yo me hubiese encontrado en el lugar de Paquita... ¡ay!...
Suspiró la viuda, y se consoló pasando la mano por el lomo á Morito.
Desde aquel mismo dia empezó doña Robustiana á preparar el terreno, y lo hizo con tanta habilidad, que nada sospechó el señor de Bonacha, aunque vivia muy sobreaviso.
Siguió la viuda dando noticias del estado del asunto, y repitiendo las palabras de su imaginario amigo.
Despues de quince dias volvió Alfredo á presentarse á la viuda, y le entregó dos credenciales que daban derecho al mismo sueldo, á doce mil reales, la una para don Pascual y la otra para Juanito.
—Señora,—dijo Saavedra,—más hubiera pedido por mi voluntad y más me hubieran dado; pero he temido infundir sospechas.
—Ha procedido usted con mucho acierto.
—Cuando pasen algunos meses, podrá usted acudir nuevamente á su amigo, y se mejorará la suerte de esa familia, en la inteligencia de que mientras yo represente algo en la sociedad y usted quiera ayudarme, irá ascendiendo el esposo de Paca hasta ocupar un puesto distinguido. No puedo hacer más.
—A pesar de la falta que ha cometido usted, hay que reconocerle nobleza de sentimientos y una delicadeza bien rara.
—Usted nada necesita; pero si tiene algun otro amigo á quien favorecer, aproveche usted la ocasion, pues ahora los ministros me servirán en cuanto yo les pida, y no sabemos lo que podrá suceder mañana si hay cambio político.