—No entiendo de negocios ni de cuentas.

—Pues como yo entiendo, los explico,—repuso el esposo de Adela.

—Todos los bienes que dejó mi marido los adquirió despues que nos casamos, y por consiguiente la mitad de la herencia es mia.

—Nadie lo niega.

—La casa representa ménos que esa mitad, y por consiguiente me la apropio, y si esto no te parece bien, puedes acudir á los tribunales.

—¡Yo acudir á los tribunales para una cuestion de dinero!... Me consideraria deshonrado.

—Pues, hijo, yo no me deshonro por guardar lo que es mio.

—Si pudiera usted comprender...

—Comprendo muy bien que estamos arruinadas, y no niego que tendrás un gran talento para los negocios; pero es lo cierto que muy bonitamente ha desaparecido un capital. Más valia que te hubieses ocupado en escribir versos como antes de casarte y en llevar á tu mujer á paseo.