Doña Cecilia se puso hecha una fúria y adoptó las precauciones convenientes para que no se repitiesen estos abusos.

Eduardo llegó al período de la desesperacion, término inevitable de la vida de estos hombres.

No podia retroceder al punto de partida de su existencia, y sobre todo era insoportable el sufrimiento que lo agobiaba.

Nunca habia reconocido más ley que su capricho, y no era posible que se sometiese á su suegra.

La pobre Adela, á quien no le habian quedado más recursos que sus ruegos y sus lágrimas, lloró y suplicó, pero inútilmente.

Un vértigo arrastraba á Eduardo, y era imposible detenerlo.

¿Sufria como padre?

Decia que sí; pero su conducta desmentia sus palabras.

Le hablaban de la triste suerte que le esperaba á su hijo, y se conmovia profundamente; pero algunos minutos despues salia de su casa y se entregaba con furor á toda clase de desórdenes.