Sintió los tormentos del hambre, y entonces aceptó las proposiciones de una amiga suya, hundiéndose para siempre en el lodazal de los más repugnantes vicios.
Su existencia debia concluir en el hospital.
Viendo Eduardo que no intimidaba á su suegra con amenazas, hizo indicaciones para que comprendiesen que intentaba quitarse la vida.
Tampoco este sistema le dió el resultado que deseaba.
—Cuando quieras,—le decia doña Cecilia,—puedes matarte; porque mi hija estará mucho mejor viuda que casada contigo.
—Se verá usted perseguida por mi sombra.
—Mejor es que me persiga una sombra que el hambre.
Eduardo se dedicó entonces á trazar planes, que es la ocupacion favorita de todos los desocupados.
Al fin decidió ir á buscar la fortuna en América.