—Cuidado, Paca...
—Antes que seguir representando el papel que represento, prefiero la muerte.
Paca y su madre llegaron á su casa.
Abrieron, encendieron un fósforo y subieron hasta el cuarto piso.
No tenian criados, y en cambio Adela tenia tres.
Entraron en su pobre habitacion, cuyo miserable aspecto contrastaba con los volantes, puntillas y lazos que adornaban á la jóven.
El padre cachazudo, que se habia quedado en casa, dormia ya profundamente y con la tranquilidad de las almas justas.
Una jícara de chocolate sirvió de cena á la madre y á la hija.
Esta se desnudó, arregló su cama con un pobre colchon en el suelo, y se acostó para soñar con el dinero del capitalista buen mozo.
Despues de sueño tan agradable, la realidad debia ser bien triste, debia parecerle doblemente horrible.