—Así se compensa todo,—decia indiferentemente el aristocrático calavera,—pues lo que me cuestan las unas me lo pagan las otras, y si me acusan las que han sufrido por mí, yo tengo el derecho de acusar á las que me han explotado, y tal vez me arruinen algun dia.

No es menester decir más para dar á conocer con toda exactitud al opulento jóven.

Por lo demás, sus ideas eran las del más perfecto caballero del siglo XVI, y creia que el hombre no se deshonra sino uniéndose á una mujer de plebeyo orígen.

Estaba dotado de muy clara inteligencia, era fecundo su ingenio, y en cuanto á su valor lo habia probado muchas veces con la más fria serenidad, y ante el peligro de perder la existencia.

Batirse era para él una cosa muy sencilla, y la disputa de ménos importancia la hacia cuestion de honor.

¡Pobre Paquita!

¿Qué debia sucederle con un hombre así?

El calavera, hijo mimado de la fortuna, para que nada pudiese desear, estaba dotado de una belleza varonil nada comun, y que en ciertas situaciones debia ejercer grandísima influencia en las mujeres.

Jóven, hermoso, rico y valiente, ¿cómo habia de resistirle ninguna infeliz?