Tenia la guerra declarada á las mujeres de cierta clase, á esas que se empeñan en salir de su centro, en aparentar que son lo que ni siquiera pueden ser, y que están mal avenidas con la modestia, que las sublimaria si ellas tuviesen bastante entendimiento para hacer uso de la belleza de las virtudes.

Ya hemos dicho que á esas infelices se las conoce al primer golpe de vista. No hay más que verlas en la calle, examinar su atavío, fijar la atencion en sus gestos y en sus ademanes, y si esto no es suficiente, cualquier hombre hará la última prueba diciéndolas una galantería, quedándose detrás y observando cómo vuelven la cabeza, suben y bajan los hombros y se mueven como si estuviesen atacadas de una enfermedad nerviosa.

¿Pues y las sonrisas?

¿Y el abrir y cerrar los ojos y volverlos y revolverlos en sus órbitas como si estuviesen mal avenidos con encontrarse allí aprisionados?

Otra señal: nunca hablan en voz baja, apuran el diccionario de las palabras más cultas y su acento no se parece á ninguno.

Lo que todo el mundo conoce, claro es que habia de conocerlo el ilustre calavera.

Encontrábase este alguna vez en los corrillos que en sitios determinados de la córte y á ciertas horas forman los desocupados; pasaba una de esas mujeres tan dignas de compasion, y alguno de aquellos vagos decia:

—Una cursi.

Nuestro jóven la miraba con insolencia, la dirigia frases ingeniosas y agradables, y si estaba de buen humor la designaba como una de sus víctimas.