Paquita fué una mañana al Prado á ver una formacion de tropa, porque la tropa le encantaba, y para ella la música más agradable era la de los figles, los serpentones y las trompetas.
Iba y venia mirando á los soldados que por lo ménos tenian el empleo de capitan, y el calavera, que paseaba á caballo, dijo para sí:
—Es graciosa.
Más le hubiera valido á la desgraciada Paquita quedar allí muerta bajo la cureña de un cañon.
El calavera hizo que su cabalgadura se encabritase y caracolease, y cuando hubo llamado la atencion de la jóven, le dirigió una mirada ardiente, se alejó, entregó á su lacayo el hermoso cuadrúpedo, y volvió al sitio donde Paquita se encontraba.
La madre de esta tosia, y el calavera aprovechó aquellos momentos para decir á la morena blanqueada.
—Ahora comprendo que algunos hombres pierden el juicio por las mujeres.
Paquita bajó los ojos como si se avergonzase; pero bien pronto los levantó para mirar frente á frente al que por ella sentia trastornado el juicio.
¡Cómo palpitó el corazon de Paquita!
El calavera, que hemos olvidado decir que se llamaba Alfredo de Saavedra, averiguó fácilmente quién era la niña de los hermosos ojos.