Varias veces la encontró como por casualidad, la siguió y le dijo con las miradas mucho más de lo que hubiera podido decirle con los labios.

Entre tanto, Paquita tuvo ocasion de averiguar tambien quién era su galanteador, y cuando supo que era rico, acabó de perder la cabeza, discurriendo así:

—¿Por qué no ha de quererme de buena fe? ¿Acaso no se ven todos los dias casamientos de hombres ricos con mujeres pobres? El verdadero amor no repara en estas pequeñeces. Yo soy jóven, bella y elegante, y esto es todo lo que necesito.

Desde que estas reflexiones se hizo Paquita, triplicó el número de sus adornos, porque creyó que así su belleza seria más interesante, y algunos dias disminuyó considerablemente su alimento para poder comprarse una cinta ó cualquiera bagatela por el estilo.

—La ropa se ve,—decia,—y lo que uno ha comido nadie lo sabe. En este pícaro mundo las apariencias lo hacen todo.

No pensó Paquita que por el hilo se saca el ovillo, y que hay ciertas cosas que no pueden ocultarse á la mirada inteligente de los hombres que conocen el mundo.

Alfredo creyó llegado el instante de hacer una prueba decisiva, y al dia siguiente del en que hemos asistido á la agradable reunion de los amigos de doña Robustiana, Paquita tuvo la satisfaccion de que el hombre rico la siguiese desde el Prado por la calle de Alcalá.

—Mamá,—dijo la niña,—es preciso absolutamente hacer un sacrificio más, porque tal vez de este sacrificio depende mi porvenir.

—Siempre me pedirás algo que cueste dinero.