—Iremos al café; pero habrás de contentarte con un chico de leche merengada.
—Eso es muy ordinario, y cuando Alfredo lo vea...
—Pues, hija, el sorbete cuesta dos reales, y si además te empeñas en tomar barquillos...
—Pues es claro.
—¿Sabes cuánto dinero llevo en el bolsillo?
—Ni me importa saberlo,—replicó la jóven con aspereza.
Y luego se volvió, desplegó una sonrisa, y lanzó al calavera una mirada que hubiera podido calcinar una piedra.
Ya ves, lector, que somos justos, y reconocemos á Paquita el mérito de sus tentadores ojos.
La madre seguia refunfuñando; pero entraron en el café del Iris.
Con aire casi majestuoso atravesó Paquita el primer departamento.